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La fuerza del EMDR radica en que, en primer lugar, evoca el recuerdo traumático con todos sus distintos componentes: cognitivo, emocional y sensorial; y después estimula el “sistema adaptativo de procesamiento de la información” que hasta ese momento no había logrado integrar la huella disfuncional.

Los movimientos oculares producidos por la estimulación bilateral interhemisférica recuerdan a los que se producen espontáneamente durante el sueño REM y tienen como objeto ayudar en su tarea al sistema natural de curación del cerebro.

Durante los movimientos oculares, el sujeto da la impresión de realizar espontáneamente una asociación libre, como si los movimientos oculares, al igual que ocurre durante el sueño, facilitaran un rápido acceso a todos los canales de asociación conectados a un recuerdo traumático. A medida que activa dichos canales, el sujeto puede conectarse a los sistemas cognitivos que a su vez contienen la información relativa al presente. Gracias a esta conexión, la perspectiva del adulto, que ya no está sometida al impacto de los peligros del pasado, acaba por hacer pie en el cerebro emocional, “reprocesando” la impresión neurológica de miedo o desesperación y sustituyéndola por otra más asumible.

Nota: Extractos del libro "Curación Emocional" de David Servan-Schreiber